Si los empleados públicos trabajaran solo por el sueldo, el Perú se pararía en seco. El país funciona porque muchos de ellos, desde conserjes, secretarias, policías de la esquina, maestras de escuela rural, hasta los más altos funcionarios, se entregan y se sacrifican por cumplir su deber, motivados por un sentido de responsabilidad, de orgullo profesional, de amor al oficio, de lealtad con un jefe, de solidaridad o de patriotismo. De una u otra forma, se trata de trabajar por amor.
Los textos de economía no hablan de amor como un recurso productivo, pero lo es. Además es indispensable. Un mero sueldo no compra un juez honesto, un policía que se arriesga en la selva, un auditor escrupuloso, un maestro que sacrifica a su propia familia por atender a sus alumnos. Lo que hace caminar al país es el esfuerzo que viene como yapa no el pagado.
He visto caso tras caso de entrega personal durante las cuatro décadas que he tenido el privilegio de servir como funcionario público, o de observare desde la actividad privada, y no deja de sorprenderme el sacrificio de la vida privada y el heroísmo anónimo de tantos.
La calumnia y la difamación del empleado público es un deporte nacional, quizás más popular que el fútbol. Ciertamente, tiene la ventaja sobre el fútbol de ofrecer espectáculo durante los doce meses del año. El burócrata es el chivo expiatorio para todas nuestras faltas. Los medios multiplican sus ventas con el caso del funcionario inepto o deshonesto, pero nada se dice de los otros noventa y nueve empleados que siguen cumpliendo. Es un juego en pared con los políticos que así venden una imagen de ser protectores del pueblo, denunciando a funcionarios. El estar denunciado penalmente es hoy un gaje del oficio para el director de cualquier escuela u hospital, o para el directivo de un ministerio.
Es un maltrato perverso, contra productivo. El trabajador responde al buen trato. El respeto se devuelve con respeto. De la buena opinión nace el buen esfuerzo del trabajador. Los servicios, públicos o privados, se pueden cumplir dentro de una gama muy amplia de calidad, desde el cumplimiento desganado, sin imaginación, lento, hasta el cumplimiento con esmero, diligencia, minuciosidad y celo. Se habla de la importancia que tiene para la buena administración el “ojo del amo”. Con los servicios públicos, sea la justicia, la seguridad o la salud, es necesario que el trabajador rinda como si fuera el dueño del negocio aún cuando no lo es, y ni siquiera tiene un buen sueldo. El camino para lograr un buen servicio público es más bien el del estímulo y del reconocimiento, siguiendo el ejemplo pionero del concurso y de los premios para las Buenas Prácticas Gubernamentales que ha otorgado la entidad Ciudadanos al Día dirigida por Beatriz Boza.
Hay semilla del mal y semilla del bien en todos. De allí el enorme efecto que puede tener un líder, quien con el ejemplo de honestidad, respeto y entrega desinteresada, activa el potencial para el que tiene la mayoría. El día que logremos ese liderazgo dejaremos de depender del heroísmo de unos cuantos, de de caminar con las justas.
Autor: Richard Webb
Fuente: El Comercio
Fecha: Lunes 13 de junio del 2005